La imagen más generalizada que nos evoca la palabra "libro" coincide con las definiciones más ortodoxas: la RAE dice que un libro es un "[c]onjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen", y un volumen es un "[c]uerpo material de un libro encuadernado, ya contenga la obra completa, o uno o más tomos de ella, o ya lo constituyan dos o más escritos diferentes", y encuadernar es "juntar, unir, coser varios pliegos o cuadernos y ponerles cubiertas"; y un tomo..., y un escrito..., y los pliegos..., y los cuadernos..., y las cubiertas, (por cierto, encuadernar según la RAE, en algún momento más librofilo que el presente, significó: "[u]nir y ajustar voluntades, afectos, etc."). Hay definiciones voluntariosas ("recomendaciones normativas") como la de Unesco: "[s]e entiende por libro una publicación impresa no periódica que consta como mínimo de 49 páginas, sin contar las de cubierta, editada en el país y puesta a disposición del público".
Ya, un libro es un libro. Y un diccionario de definiciones, como el que edita la RAE, es un libro. No parece que por aquí podamos salir del circulo vicioso. Como siempre, las definiciones sirven para indefinir y lo que se pretende aclarado queda muy opaco.
Esto:
o algo parecido, es lo que imaginamos cuando pensamos en un libro, (el título que se lo ponga cada uno).
